La sede de la Comisión: un sitio de memoria

El 22 de marzo de 2001, mediante la ley 12.642, el gobierno de la provincia de Buenos Aires entregó a la CPM el edificio donde había funcionado hasta 1998 la Dirección de Inteligencia de la Policía (DIPPBA). El objetivo era que estableciera su sede en ese emblemático edificio y que resguardara y gestionara la apertura a la comunidad del archivo de inteligencia de la policía bonaerense, un extenso y pormenorizado registro de espionaje político-ideológico que recorre la historia argentina de la segunda mitad del siglo XX.
Con diferentes nombres -Oficina de movimiento político en 1945, Servicio de informaciones de la policía en 1955, Dirección general de inteligencia a partir de 1977- este órgano tenía como objetivo formal informar a la jefatura de Policía y al gobierno provincial sobre posibles hechos delictivos que se estuvieran por cometer en el territorio bonaerense. En la práctica, y sobre todo a partir de 1955, se convirtió en el lugar donde se reunía información sobre el accionar político de todos los ciudadanos. Esta información sirvió en muchos casos para perseguir, encarcelar, secuestrar o asesinar militantes.
La Dirección de Inteligencia de la Policía tenía a su vez delegaciones en todo el territorio provincial. Desde esas delegaciones se enviaba la información obtenida del seguimiento de las personas -ya sea en forma directa (a través de personas detenidas o secuestradas, o de la observación de actos políticos, estudiantiles, sindicales) o indirecta (escuchas telefónicas, robo de padrones de sindicatos y partidos políticos, publicaciones, etc.)- a la Dirección General que funcionaba en el edificio ubicado en calle 54 N 487 de la ciudad de La Plata. Allí se procesaban todos los datos recibidos, se los clasificaba (de acuerdo a lo que llamaban factores: político, gremial, estudiantil, religioso, etc.), se confeccionaban fichas y legajos, y se guardaban en un gran archivo general. Esa información a su vez era elevada a la jefatura de Policía y servía para continuar con la persecución a otros ciudadanos. Estos documentos constituyen hoy una prueba de cómo funcionaron los procesos de persecución y espionaje, y son además un aporte fundamental para los juicios a quienes fueron responsables de crímenes de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura militar en la Argentina.

La casa: crónica y testimonios
La casa donde funcionó la DIPPBA tuvo varias modificaciones edilicias; una de las más visibles fue en el año 1976, cuando se construyó una garita de vigilancia que avanzaba sobre la línea municipal. Como ocupaba una parte de la vereda, interrumpía el paso de los peatones y subrayaba la presencia del edificio. No era una casa más porque desde allí se realizaba una permanente guardia sobre la cuadra, se registraba minuciosamente quién entraba, quién salía, quién merodeaba la zona. La presencia policial era marcada más allá del interior. Según lo aportado por algunos testimonios, en el año 1976, al entrar a la casa había una especie de trinchera armada con bolsas de arena apiladas, una casamata con una ametralladora apuntando hacia la puerta y un guardia custodiando. Allí, en la misma planta, estaba también el archivo, detrás de una puerta que decía “acceso restringido”. En el primer piso había 25 gabinetes de madera dispuestos en forma de herradura, donde se realizaba el trabajo final de confección de las fichas y legajos. En el segundo piso se hacía la primera clasificación del material que llegaba desde las delegaciones, así como el recorte de diarios nacionales y regionales.
Hasta el momento no hay testimonios de personas que den cuenta de que la casa hubiera funcionado como lugar de detención. Sin embargo, muchos vecinos del barrio han relatado el temor que generaba el lugar durante la dictadura, y coinciden en señalar algunas de las prácticas habituales de la época: el vallado de la calle en 5 y 54 que impedía la circulación vehicular a la noche, la obligación de entrar en contramano por calle 4 con las luces de afuera apagadas y las interiores encendidas, la permanencia de gente de civil que portaba armas de diverso calibre en las proximidades de la casa y el continuo movimiento de autos en la zona. “Sabían todos nuestros movimientos y todo lo que pasaba”, recuerda una vecina que vivió en su adolescencia en el barrio. Cualquier movimiento era sospechoso; de esto da cuenta el relato de un arquitecto que, por sacar fotos a un edificio de la cuadra, fue demorado varias horas en la Dirección de Inteligencia mientras allanaban su casa. Otra vecina recuerda un día en el que hicieron desalojar un edificio lindante porque se había encontrado un bulto sospechoso en la camioneta de su padre, e intervino la brigada antiexplosivos. Los recuerdos circulan y el horror de la época está presente en el relato de los vecinos; algunos incluso sostienen haber escuchado ruidos muy fuertes, tiros y gritos que provenían de la casa. Y quienes transitaban por la cuadra no pueden olvidar la sensación de miedo e intimidación que provocaba el despliegue de la DIPPBA. Más allá de la prueba concreta sobre lo dicho, lo cierto es que el edificio está cargado de sentidos y sentimientos que hacen una permanente referencia al terrorismo de estado vivido en la Argentina.
Cuando la Comisión tomó posesión de la casa comenzó a construir una nueva historia. Ese edificio se convirtió en un lugar para reflexionar sobre el pasado desde las problemáticas del presente. Las actividades que allí se desarrollan estón orientadas a activar la memoria y a transmitir las experiencias sobre la dictadura militar a las nuevas generaciones, para pensar las memorias en presente, para construir una memoria en defensa de los derechos humanos.

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